Día viernes 7 de febrero de 2025, unos minutos antes de las 19.30 horas. Acabábamos de disfrutar una función mayúscula en el Teatro Real de La Laguna y debíamos retirarnos con prisa, intentando no tropezar con el público que colmaba la sala, porque el telón se volvería a levantar muy pronto.
Antes, el escenario debía ser restaurado, tras los "destrozos" ejercidos sobre mobiliario y atrezzo, que ayudaron a seres humanos a construir una obra de arte.
Era indispensable que a las 20.00 horas volviese a la posición inicial, la del estreno, para concluir de ese modo las dos presentaciones del espectáculo "La Metamorfosis" a cargo de la compañía Abubukaka.
Comento lo que acabamos de vivir con la amiga que me invitó, destacando las bondades de un texto inteligente y la actuación impecable de cuatro artistas sorprendentes.
A pesar de que soy consciente de que obstruimos, en parte, la salida de la gente, busco y encuentro a una responsable de la casa.
Necesito un favor, la joven me dijo que sería difícil obtenerlo, no obstante, le alcancé un trozo de papel y un bolígrafo, para que alguno de los artistas que habían participado apuntase un nombre y un teléfono, quería contactar con ellos. No hizo falta dar más explicaciones, un par de minutos después, sonriente, la acomodadora regresó con el mismo papel, esta vez con un número.
Mientras la esperaba, decía a mi amiga que seguramente escribiría algo en el diario, y, por las dudas, en caso de necesitar algún dato... Justificaba la acción argumentando que era un lujo tener un sitio donde exponer bondades, reconocimientos y luego difundirlas.
En el caso que nos ocupaba había sido ella, mi amiga, la responsable de que estuviésemos allí, tras leer que la compañía Abubukaka ofrecería una adaptación, libre, hoy yo podría certificar, muy libre, de la célebre obra “La Metamorfosis” de Franz Kafka.
El recinto nos recibió con una música atronadora y sentados en las primera butacas ambos coincidimos que, para nuestros gustos, se excedía en algunos decibelios. No terminábamos de sentirnos cómodos, mucho menos cuando se levantó el telón, dejando ver lo que ocultaba. Miré a mi amiga y le pregunté, ignorante y prejuicioso, dónde me había llevado. No imaginaba lo que estaba por ver.
Tanta fue la satisfacción, tanto lo que disfrutamos, que al concluir quería hablar con alguien relacionado con la producción de la obra; perdón, creo que eso ya lo dije.
Repitiendo el nombre como un mantra para no olvidarlo, Abubukaka, Abubukaka, llegué a casa y me puse a investigar. Pude leer lo que figura en un portal del Gobierno de Canarias, también comentarios, repercusiones de actuaciones en diferentes notas de prensa, el nombre de sus integrantes, desde, cuándo, dónde y cómo se formaron.
La documentación necesaria, indispensable para evitar asegurar disparates o repetir inexactitudes, a veces, en mi caso, es contraproducente, porque me doy cuenta -me pasa con frecuencia- de que pretendo decir cosas novedosas que ya han dicho otros hasta la extenuación.
Comprobé, con dolor y alegría, que de Abubukaka no podría agregar mucho, dolor porque complicaba mi trabajo de redactor improvisado, alegría por ellos, a los que percibí como enormes apasionados por lo que hacen, por sus creaciones en las que cantan, bailan, recitan, lloran o ríen, mientras el público hace lo propio, con grandísima complicidad.
Averigüé que se formaron en el año 2006, que además de ser actores, regentan una empresa donde desarrollan talleres y producen artículos relacionados con el teatro. También tropecé con una especie de crítica, publicada en un medio digital de Fuerteventura, en la que, quizás, asegurarlo es muy atrevido, participara el grupo en su redacción.
“En esta versión, Abubukaka se reinventa completamente, convirtiéndose en lo que se conocerá como Abubukafka. La nueva propuesta explorará lo repugnante de nuestra existencia, lo inquietante de nuestras decisiones, lo monstruoso de nuestras omisiones y lo viscoso de nuestras complicidades. En esta visión, todos los personajes de “La metamorfosis” se transforman en insectos, desde el protagonista hasta sus familiares. Gregorio Samsa experimentará una transformación gradual, cargada de desprecio, soledad y un profundo destierro interior, en una reinterpretación que desafía y amplía el original de Kafka.”
Creo, humildemente, que lo expuesto no se traduce fielmente a lo sucedido en el escenario, es posible que sean verdad las monstruosidades, el desprecio, los agobios interiores, incluso la muerte, pero tratado con un talento superlativo, que posibilita llegar al desenlace entre risas y dudas, mientras el público se expande y participa de lo que ocurre más allá de sus butacas.
Arriba, en el proscenio, se desenvuelve un ser humano, enfermo, vulnerable, miembro de una familia heterogénea de polilla, escarabajo y mariposa, en un hábitat que de pronto es un casa totipotencial, que puede transformarse en estercolero, vivienda vacacional, o cuarto decorado con muebles suecos.
Interesante transformación de aquello que al comienzo parece decadente, improvisado, pero que se transforma en una maquinaria escénica que gira, emite sonidos o se ilumina, igual que los cuerpos de los coleópteros, que entreveran antenas, alas y pelotas con tecnología digital.
Concluyo, que ya es hora, con algo que no es mío, sino de Carlos, miembro de Abubukaka, el que me dejó el teléfono, creo que lo dije antes.
Le pregunté acerca de lo único que me faltaba para poner el punto final a este crónica: “¿Se entiende, sé que está justificado, pero tiene alguna explicación de que tantos empeños se acaben tras solo dos funciones?”
La respuesta, para que la lean también los responsables de nuestra cultura: “Por desgracia en el teatro en Canarias no hay otra posibildad. Levantas un espectáculo que cuesta mucho ensayo, dinero y tiempo y apenas lo puedes hacer por toda Canarias unas 20 / 25 veces con mucha suerte. Realmente hacer teatro aquí es de “apasionados”, “locos”, “frikis” o como lo queramos llamar, porque es un esfuerzo muy grande. Solo la pasión por el oficio puede convertirlo en algo lógico. Fíjate si nos gusta que somos capaces de sufrirlo para luego estar una hora y cuarto sobre las tablas con el fin de hacer que la gente lo disfrute y, por ende, nosotros.”